Roma, 12 diciembre 2012.
Hoy es otro buen día para hacer una anotación en este espacio personal que comparto. Antes de salir de México, fuimos los Padres que veníamos a estudiar a Roma, a celebrar Misa en la Villa (desde luego espero a mi regreso ir al Tepeyac también a agradecer).
Es especial esta fecha para muchos de nosotros, por aceptar como un regalo del amor de Dios la Aparición de Santa María de Guadalupe (aunque también para muchos otros no lo es).
Más allá de posibles discusiones, tan solo quiero referirme a todas las manifestaciones que de la Virgen de Guadalupe se pueden encontrar y compartir, aquellas que son en verdad expresión sincera de que “Ella vino al Tepeyac, transmitió el feliz anuncio y nos acompaña, haciéndonos sentir todo su amor y compasión”.
Tantas expresiones tenemos y hacemos que refieren lo acontecido aquel 1531, que a mi parecer, responden a “algo” que ni es propiedad de un Pueblo, ni lo que pudiera decirse sea “de este mundo”. Para quienes nos hemos acercado con el entendimiento y el corazón a Santa María de Guadalupe, hemos comprobado que es un verdadero Misterio –no en el sentido de lo desconocido o inexplicable sino de lo que nos supera-, que si bien ocupa nuestra capacidad de razonamiento, llama especialmente a nuestro corazón. De todas las Apariciones que Dios ha permitido –hablando de la Virgen María- creo que especialmente en esta nos invita a participar desde la condición o identidad que tenemos de “hijos” y verla a Ella como “Madre”. Pero Ella, no nos arrebata tras de sí, sino que nos conduce amorosamente a la presencia de su Hijo, al amor del Dios por quien se vive.
Es un “Acontecimiento”, explicándolo como el “Paso del Señor” una vez más entre su Pueblo. El reconocimiento que hace la Iglesia del Hecho Guadalupano, presenta a la Santísima Virgen como “mensajera de la Salvación”. Nosotros hemos sido favorecidos para apreciar y aceptar el Misterio de Encarnación, la presencia del Hijo de Dios, hecho uno como nosotros; pues, siendo la base de nuestra fe este Misterio, desde éste podemos experimentar el mensaje transmitido por la Gran Señora. Todo en Ella nos dice de Dios y de su plan de amor por nosotros. Todo en Ella refleja la posibilidad de aprovechar la llamada del Señor con su bendita ayuda, en el cruce de sus brazos.
Cuantas veces he estado en el Tepeyac, no dejo de admirarme de lo que ahí suscita la Virgen, pero que se extiende a toda nuestra Patria y rebasa sus fronteras. También en la vida familiar es muy loable el modo en como somos desde pequeños encaminados al amor a la Morenita –incluso cuando quizás nos vistieron de Juan Diegos o Marías-. También, todas las expresiones de devoción ayudan en este sentido y las vemos en la calle, en los talleres, fábricas, en los altares de nuestras casas, en el coche, el separador de libros o imágenes al cuello…
¿Qué oración dirigimos a la Virgen? ¿Qué canto? ¿Cuántas imágenes tenemos en casa? ¿Cuántas otras hemos regalado? ¿Cada cuándo vamos a la Villa? Y en la Parroquia o Iglesia a la que vamos, ¿la hemos visto ahí?
Una de las cosas que me ha impresionado al salir de México (en lo poco que he llegado a conocer) es encontrarme con la imagen de Guadalupe prácticamente en todos los sitios, cuántos altares ya he visto dedicados a Ella. Esto llena de alegría y en cada sitio, se convierte en un “oasis” para el alma y una referencia concreta para pedir por México y recordarlo.
Pero (siempre aparece algún ‘pero’), si no se logra traducir debidamente toda esta admiración y amor a la Virgen y a Dios, a través de una vida en verdad cristiana y mariana, estaríamos mostrando para muchos una “simple devoción” y quizás una “fe que se basa en sentimiento y emoción y en solo pedir, pedir y pedir”.
Tenemos en San Juan Diego un modelo de lo que conviene hacer una vez que “hemos vivido un encuentro” –recordando que nuestra fe no es basada en simples ideas por muy buenas que sean sino en la relación (encuentro) con Alguien- con la Virgen que nos lleva al Señor. Juan Diego, regaló el final de sus días, después de aquellos felices acontecimientos del 9 al 12 de diciembre (1531), como lo habrían hecho los Apóstoles después de la Ascensión de Cristo: “se dedicó a contar lo que había visto, escuchado y practicaba su fe en el servicio y acercándose a la Palabra y Eucaristía”.
En estos días, no me son indiferentes los mensajes de “pidamos a la Virgen por México”, y haríamos bien en hacerlo. Sumemos a esto, lo que hemos aprendido de siempre: “Seamos con la vida, anunciadores del mensaje de amor de Dios por los suyos, como nos lo hace vivir nuestra Madre de Guadalupe”. Superemos el riesgo que implica ser “guadalupanos” solo el 12 de cada diciembre –pues esto sería solo cada año-, conduzcámonos como “hijos de Santa María de Guadalupe” todos los días, comenzando desde ayer.
Muchas felicidades a los “Guadalupanos” de todas las razas, pueblos y naciones. A quienes llevan en la mente y corazón el amor a la Virgen y también a quienes además llevan en sus “documentos” el llamarse ‘Guadalupe’ sean José o María –el documento más importante de todos: el registro de bautismo-.



Gracias Padre que reflexión tan hermosa y llena de verdad. Que Dios lo bendiga y guíe su ministerio especialmente en los momentos de oscuridad. Bendiciones
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