Roma, 17 septiembre 2012
Hoy alcanzo los 39 años. Hago un recuento del pasado -de
estos cuantos años-, regalando una mirada llena de gratitud. Pienso en el
mañana
-no sabiendo cuántos años más me serán concedidos-, con un pensamiento colmado de esperanza.
Me detengo en el presente, este que vivo aquí en Roma, con el compromiso de unos
estudios, procurando realizar "mi vida" en medio de una multitud de
hermanos en la fe, cercano a una realidad que me suscita la admiración y a la vez pone a prueba mis convicciones.
Quiero aprovechar este aniversario de vida para hacer una
buena reflexión acerca lo que espero, de lo debo, de lo que quiero. Hacer
una buena consideración de la riqueza que significa la presencia de tantas
personas que he conocido a lo largo de estos años y de las Comunidades donde he
vivido.
Como en todo balance, reconoceré realidades significativas para mi
bien y consideraré situaciones donde es preciso trabajar un poco más y aquellas que debo ya "dejar,
olvidar, pasar".
El momento presente, como lo dice el Evangelio, "tiene
ya sus propias preocupaciones". Es un momento bello y también exigente. Junto con el considerar
las realidades que me rodean, están las cosas que se cumplen dentro de
mi mismo, a veces las más difíciles de poner en orden. En el dicho del Beato Juan Pablo
II, el momento presente se debe afrontar con "pasión" lo que traduce según creo el "coraggio"
-italiano- o en el dicho popular "echarle todas las ganas". Lo más deseable sin duda es "saber
vivir", es decir, tener la sabiduría (entendida como saborear no como
saber" para disfrutar la vida). Espero aún crecer o madurar en esto. Lograr
tomar la vida en serio, no significando con ello poner todo en orden por el
orden mismo, sino descubriendo el momento de plantar, recoger, construir, reír, llorar, caminar, esperar... el
momento de ser y hacer lo que soy con lo que tengo... no exigiendo al cielo
pero sí fiado de él... es un misterio y un arte el saber vivir, estamos (y en
personal lo estoy) llamados a lograr el fin para el cuál fuimos creados y hemos sido
bendecidos para ello.
Con esta pequeña historia quiero terminar esta
personal reflexión. Antes de salir de México, mirando una revista, un artículo presentaba la vida de una niña de nombre Antonietta o conocida
como Nennolina. Una historia que me alegró por entonces. Ella vivió por los años 1930, de hecho solo vivió 7 años de vida. En ese poco tiempo
"supo vivir", "realmente vivió" y con seguridad podemos decir
"vive ahora y para siempre". Ella experimentó a sus pocos años la realidad de la enfermedad que
le llevó a la muerte. Pero en poco tiempo, habiendo alcanzado lo
que llamamos "uso de razón", fue consciente de un fin particular, personal y
maravillosos: "se sabía hija de Dios" y por tanto llamada a la amistad
eterna con el Señor. Recibió por el cuidado de su familia, en especial de su mamá, el anuncio de la fe, fue bautizada
e hizo la primera comunión. Aprendió a escribir y dedicó algunas líneas (cartas) a nuestro Señor. Animó como nadie a sus seres queridos y a
muchos otros a confiar en Dios y a "buscar" según el camino de cada uno la meta del
cielo. Pues bien, esta semana, caminado en las calles de Roma, visité la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalen,
en ella hay una capilla donde están los restos de esta pequeña que está en proceso de beatificación y que por ahora es sierva de Dios.
Fue una bella sorpresa, pues aunque había leído su historia donde se señalaban datos como este, lo había olvidado. De hecho están ahí sus restos porque era vecina del
Templo y porque en su corta vida se muestra el valor redentor de la pasión del Señor que estamos llamados a compartir
(como dice el Apóstol, 'uno mis sufrimientos a la pasión de Cristo'). En el ejemplo de esta
niña
(santa) encuentro un bello mensaje: "si vivimos, para Dios vivimos, y si
morimos, para el Señor morimos; ya sea que estemos vivos o hayamos muertos
somos del Señor".
En la misma Basílica se encuentran reliquias de la Cruz de Cristo, de la corona de espinas... de aquello que nos ayuda a comprender y amar más la entrega del Señor. Está cercana a la Basílica de San Juan de Letrán y de la "Scala Santa", al lugar que señala aquellos "escalones" que nuestro Señor subió en el momento de su pasión (traídos a Roma y conservados para animar la fe de los fieles).
A todos, comenzando por Dios, a mi familia, amigos, Iglesia
y Humanidad, mi sincero agradecimiento por los bienes que me han participado,
un sentido sentimiento de disculpa por mis errores y carencias con los que les
he afectado, y una petición a continuar cerca de Dios, en comunión entre nosotros y regalando alguna oración por mi. A todos mi gratitud y
pido por ustedes.
Hay tanto que aprender de esta pequeña, su vida es un gran ejemplo para todos nosotros, en ella podemos encontrar la alegría de la entrega sin medida a la voluntad de Dios.
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