lunes, 12 de noviembre de 2012

Con las palabras de María Santísima: "Mi alma alaba al Señor..."



Roma, 12 Novembre 2012

Una cosa que es común cuando tengo la oportunidad de llamar a mi familia, es preguntar por cada uno y sus familias –hablando de los casados-. Me interesa saber cómo están, y por supuesto que siempre lo pido y deseo “que estén bien todos”. Vendrá luego la pregunta común, de un lado y otro: ¿qué hay de novedad?

Hoy dedico estas líneas para expresar la gratitud a Dios Autor y Padre Providente, por el regalo de una nueva vida. Con la acción de gracias está presente la alegría, la emoción, el entusiasmo que genera el recibir “entre los brazos” precisamente una nueva bendición del Señor. Y es que hoy (memoria de San Josafat mártir) ha nacido una niña que nos confirma que estamos como familia en la mente y corazón de Dios. Fruto del amor conyugal, en el seno de un Matrimonio cristiano, hoy se bendice especialmente al Creador porque “ha mirado con bondad” y “ha escuchado las suplicas” de quienes en Él confían. Tanto mi Hermano como su Esposa, y en torno suyo nuestras familias, somos testigos una vez más de lo grande que es el Señor.

Hoy la bendición de un hija es precisamente ocasión para levantar la mirada y abrir los labios dejando escapar la alabanza sincera: ¡Bendito seas Señor!


Hace 22 meses, inició una Alianza entre los Esposos (ahora Padres) y Dios. En la comunión de vida y en la entrega de sí mismos, a Dios se le pedía el regalo de un hijo. Su respuesta es maravillosa.
Cuando meses atrás me hicieron conocer la noticia, era ya una alegría que al paso de los días y cumpliéndose ahora el momento del parto alcanza un punto aún más alto. La esperanza es que de la mano de Dios mismo, este gozo se conserve y que ésta presencia reciba nuestra mejor dedicación y todas las demás bendiciones con las que el Señor la pueda colmar.
Viene para los Papás una vida de generosidad a favor de su hija, y en ello la oportunidad de unirse más y aprender nuevas cosas propias de la vida de Esposos y Padres. Viene por delante para nosotros familias y amigos, la posibilidad de poder amar y ser amados por alguien a quien reconocemos como un don especial. Viene también el momento en que la Iglesia crezca por la integración de un nuevo miembro que en comunión con los demás pueda conocer, amar y servir al Buen Dios.


Tan solo unas horas antes, era posible impartir desde aquí la bendición a ellos. Hoy he celebrado una misa para dar la acción de gracias. También desde aquí seguirá la petición por su bien.
No dejo de pensar también en otra familia, que me ha regalado como un bello signo de amistad y comunión, el conocer de un pequeño que ha cumplido dos meses de vida y a quien le han querido dar el nombre con el que me distinguieron mis Padres. También a ellos y a él en particular mi afecto y compromiso de oración.

Pasarán algunos meses para que pueda tener el contacto personal con estos pequeños, pero sin importar distancias y el tiempo, ya desde ahora son parte de mi vida, como los demás miembros de mi familia y amigos, porque todos son un don de Dios para mí. Pido me sea concedida la gracia de lograr cuidar todas estas bendiciones.


A María Santísima Nuestra Señora de Fátima y a nuestro Santo Angel Custodio, la encomienda e intercesión por el bien de estos pequeños y todos nosotros.

domingo, 4 de noviembre de 2012

"Anunciamos su Muerte, proclamamos su Resurrección..."



Roma, 4 Noviembre de 2012.

Apenas hemos celebrado el inicio del mes de Noviembre. Y lo hemos hecho con la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles difuntos. Seguramente han sido acontecimientos que nos han “hablado al corazón”. Y lo expreso así, porque no creo que logremos ser indiferentes a ambos contenidos. Pues por un lado, debe resonar fuerte en nuestro ser la llamada que hemos recibido a la Santidad, y por otro lado, la separación física, sea reciente o distante en el tiempo, de algunos Seres Queridos no ha impedido en nada que sigan presentes en nuestros pensamientos y que de alguna manera guardemos amorosamente su memoria.
Lógicamente, solo podemos apuntar a estas verdades, la Santidad y la Vida Eterna, gracias a la Voluntad de Aquel por quien vivimos, nos movemos y somos. Y es que en la conciencia de ser finitos, cuales peregrinos en este mundo, se nos ha revelado la Verdad de nuestra Trascendencia, de nuestra Infinitud.
Días atrás, notaba en distintos medios, una especie de confrontación entre proponer lo que algunos aprovechan como motivo de fiesta, el llamado Halloween, y lo que es una buena tradición de veneración de los “muertos”, de los que han dejado este mundo.
Un contexto inmediato a mí, estuvo cargado del deseo de reflexión, de oración y de intercesión. De hecho, no olvidando las palabras del Predicador del viernes pasado en mi Colegio, dos cosas eran importantes meditar: acerca de la brevedad de la vida aquí, para aprovechar bien el don de ella en razón de la Plenitud, y además, en el importante papel que como sacerdotes tenemos de poder ofrecer nuestro “ministerio” por las “almas” de los difuntos –bien sabemos que decir almas, encierra la comprensión de la persona, que es una, única, irrepetible…-.


Pero aún, me parece que falta siempre algo que aunque implícito en muchos o por muchos cristianos, merecería ser más explicito por todos nosotros a partir de tal distinción –pues somos cristianos por vocación, no en razón de méritos-. ¿Qué falta? El anunciar que “Cristo murió y resucitó, y nuestra fe en la resurrección de los muertos nos es vana”. Muchas veces he leído o escuchado decir respecto a los difuntos “que mientras los recordemos viven”; pero no creyendo que sea mero voluntarismo lo que les mantiene ahora, nosotros como redimidos en Cristo, notamos como nuestro corazón se llena de gozo cuando atendemos su Palabra: “El que cree en Mí, no morirá para siempre”; “Yo Soy el Pan de la Vida, el que come mi Cuerpo, tendrá la luz de la vida”; “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones, Yo voy a prepararles una”; “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”; “Conviene que el Hijo del Hombre sufra, sea entregado, crucificado… al tercer día resucitará de entre los muertos”; “Ve y dile a mis hermanos…”.

Cuando a diario en el momento de la celebración de la Misa, decimos confiada y valientemente: “¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús!”, estamos diciendo de la seguridad que tenemos del éxito de la misión cumplida de parte de Jesús, puesto que en la obediencia a su Padre –y nuestro Padre-, al asumir nuestra condición y ser entregado por nosotros, resucitó y fue exaltado y está a la derecha del Padre, ahora a su nombre todos doblamos la rodilla y toda lengua canta que es Señor para gloria de Dios.
Siendo el Año convocado para renovar y fortalecer y testimoniar de nueva manera nuestra fe cristiana, nuestra fe en el Hijo de Dios, estas fechas son ocasión para propiciarlo. Al alegrarnos con todos los Santos, algo que durante todo el año litúrgico siempre hacemos (por ejemplo, ayer San Martín de Porres, hoy San Carlos Borromeo), reconocemos cómo en ellos y esperándolo de nosotros mismos, se participa de la victoria pascual de Cristo; y al conmemorar a los Fieles difuntos, nos abrimos a la misericordia anunciada por el Señor, pues no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y viva y quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Ha pagado el rescate por nosotros al precio de su Sangre.
En definitiva ha sido una buena oportunidad, que podremos seguir aprovechando para llenar de verdadero espíritu cristiano estas realidades de nuestro paso en este mundo. Yo en lo personal, auxiliado por mi familia y amigos he tenido ocasión de presentar la oración por muchos hermanos que se han presentado ya ante el Señor. La lista considera a personas que hace poco o más tiempo han fallecido; a personas que he conocido y a las que me une un especial sentimiento de afecto; a personas que aún sin conocerles son importantes para alguien que sí conozco o que me hubiera gustado conocer; a personas que he podido servir en el ministerio del sacerdocio; a personas que seguramente lo necesitan mucho y a personas que “nos parece” ya en definitiva gozan de la Gloria; a personas de distinta edad, lugar, lengua o color; para todos mi oración e intercesión.


Puedo ofrecer por este medio, el servicio de considerar las intenciones por sus difuntos (y también por quienes aún viven) pues siempre que Dios lo permita, tendré oportunidad de celebrar la Santa Misa a diario y en este tiempo en Roma, con mayor facilidad pues no hago directamente lo que se llama “cura de almas” (es decir no tengo una Comunidad dada a mi cuidado) y ello me abre la posibilidad de asumir a quienes se encomiendan a mis oraciones.
Finalmente, ahora que hemos celebrado este Domingo (XXXI del tiempo ordinario), la Palabra de Dios nos da renovada luz para seguir nuestro camino. Y retomo nuevamente de la predica del Sacerdote de hoy en la Misa comunitaria: “El Señor nos indica que el camino del Amor a Él y al prójimo, es el único camino, la vía a  nuestra felicidad (la Felicidad Verdadera); y en la segunda lectura, nos recupera que podemos y debemos realizar este camino, ‘nosotros’ como Sacerdotes del Señor, quienes participamos de su Único y Eterno Sacerdocio, y por el bien de las almas que Él ama.”
A todos, mi bendición y la seguridad de atender sus intenciones: “No estamos lejos del Reino de los Cielos”.