Roma,
26 Octubre 2012
El
pasado 13 de Octubre, se organizó como cada año en el Colegio, un paseo a una
montaña. Ciertamente no sería una muy exigente, pero sí brindaría la
oportunidad de caminar entre la naturaleza y poder hacer además de un poco de
ejercicio, un poco también de convivencia entre los asistentes. Al final nos
anotamos nueve para esta actividad.
El
lugar elegido, pertenece a un Parque natural cerca de Roma, próximo a Tívoli,
donde antes había visitado las Villas D’Este
y Adriana. El monte elegido fue el Gennaro, que indica unos 1221 metros
sobre el nivel del mar, pero su ascenso es
de más o menos 500 metros. Desde donde es posible iniciar la caminata,
hasta la cima se invierte poco más de una hora. Pero en esta ocasión el camino
(por aquello del lodo y las piedras), a causa del clima que se había tenido un
día antes con lluvia, merecería un poco más de atención. Incluso media hora
después de que habíamos llegado a la meta, comenzó un clima frío y con un poco
de agua. Los escenarios, por supuesto, fueron bellos, en nada demeritó la
lluvia.
La
convivencia resultó agradable. Pero me gustaría destacar una experiencia, que
al vivirla pensé de inmediato poderla después anotar –como lo estoy haciendo en
este momento-. Resultó, que cuando habíamos llegado a la mitad del camino,
donde se abría un amplio y hermoso valle, desde donde podíamos vislumbrar la
cima, se lanzó la pregunta: ¿Quiénes se animan a llegar hasta allá? Y es que
había la posibilidad de permanecer en ese sitio, a disfrutar del lugar –que en
verdad era un descanso para el espíritu- o caminar lo que faltaba para alcanzar
el punto más alto (algo que merecería en las condiciones del lugar y de quienes
lo hiciéramos algo así como 30 ó 40 minutos más, en lo que representaba lo más
exigente del paseo).
Por
un momento lo pensé: “Ya estoy agotado; estaría bien quedarse aquí y esperar;
no sería el único –el diácono que acompañaba esperaría abajo pues tenía un
malestar en una pierna-; ya valió la pena llegar hasta aquí…”.
Pero
también vino el pensamiento más importante: “¡Perdería la oportunidad de
contemplar desde la cima!”. En ese momento, me sentí llamado a cumplir la
misión hasta el final: ¡A esto venimos!
Paso
a paso, el cansancio crecía y entraba un poco de desaliento pues la meta no era
visible. Sin embargo, por la necesidad de caminar en grupo a fin de no perder
el camino correcto, había que llevar un cierto ritmo. Ya casi al final, cuando
los primeros habían logrado el objetivo, cuando era visible la cruz que está
instalada en la cima, tuve el pensamiento confortante de que era nada lo que me
separaba de llegar a descansar, a comer, contemplar el panorama y poder decir:
¡lo logré!
Ese
último tramo fue quizás el más seguro, el más disfrutado, el más especial.
Quise en ese momento recordar tantas vivencias que me parecían semejantes a
esta experiencia de llegar a la cima: sea el camino al sacerdocio, los
estudios, el asunto de la enfermedad-salud, la solución de algún problema o la
superación de una pena, etc. Después pude recordar, que razón tenía nuestro
Señor de aprovechar las colinas, montañas, caminos… especialmente para decirnos
que el camino a la Eternidad tiene algo de esto: caminar, subir, cansancio,
esfuerzo, ánimo, desánimo, acompañamiento, convivencia, etapas, satisfacción,
etc.
Pues,
me resultó un buen momento deportivo y de reflexión. Ya vendrán nuevas
experiencias. Mientras ojalá esforcémonos por alcanzar la cima de la “montaña”
de la vida (humana-cristiana), pues el “panorama desde ahí es/será
maravilloso”.
.jpg)

